La muestra Malvinas. Retratos y paisajes de guerra del fotógrafo Juan Travnik quedó inaugurada ayer en el edificio Scalabrini Ortíz de nuestra Universidad y podrá visitarse durante lo que resta del primer cuatrimestre, con entrada libre y gratuita.
La apertura reunió a autoridades universitarias, estudiantes, trabajadores y público general en el edificio Scalabrini Ortiz. Allí, entre retratos en blanco y negro y paisajes de las islas, la obra empezó a desplegar su potencia: no como reconstrucción histórica, sino como interrogación. ¿Qué dejó la guerra en quienes la atravesaron?
El secretario de Cultura y Comunicación de la UNLa, Juan Lo Bianco, presentó al artista con una certeza que funcionó como clave de lectura: “Juan Travnik es uno de los fotógrafos argentinos más importantes en este momento”. Y subrayó el valor del ensayo expuesto, no solo en términos artísticos sino también institucionales: “Muy valioso para todos, especialmente para nuestra universidad y para nuestra historia”.
Antes de la palabra del fotógrafo, el rector Daniel Bozzani ensayó una reflexión que desplazó la escena hacia el territorio del sentido. “El arte es esa herramienta transformadora que nos permite ver el mundo, mirarlo, analizarlo, interpelarlo de otra manera”, sostuvo, para luego apoyarse en el semiólogo francés Roland Barthes y su célebre distinción entre studium y punctum. Si el primero refiere al contexto de la imagen, el segundo —dijo— “es esa cosa que nos punza, que nos conmueve”.
En la sala, esas categorías parecían materializarse. Los retratos de excombatientes, familiares y enfermeras no buscan espectacularidad ni dramatismo: hay, en cambio, una frontalidad que incomoda, una cercanía que obliga a sostener la mirada. “Acá se tienen que ir con una conmoción”, lanzó Bozzani, casi como una advertencia.
Mirar de frente
Travnik tomó la palabra con un tono sereno, casi introspectivo, y reconstruyó el origen de un trabajo que le llevó catorce años. La guerra de Malvinas, explicó, no lo tocó en lo inmediato —no tuvo familiares directos en el conflicto—, pero sí lo atravesó de otro modo: “Me acuerdo como si fuera ayer de caminar y no entender cómo podía haber una vida que parecía normal en una ciudad de un país que estaba en guerra”.
Esa tensión —entre lo cotidiano y lo extraordinario— fue el punto de partida. Y también la pregunta: cómo abordar Malvinas desde la fotografía sin caer en la épica ni en la simplificación. “Me interesó poner en cuestión el tema de Malvinas en el campo del arte y de la cultura, no reivindicando la violencia de la guerra, sino la causa, como un ejemplo de soberanía y de independencia”, afirmó.
La respuesta formal llegó tiempo después: retratar a los excombatientes. Pero no como los mostraban los medios. “¿Dónde estaba el ser humano?”, se preguntó. Frente a la imagen estereotipada del veterano reducido a una condición —desocupado, futbolista, automovilista—, Travnik buscó restituir la singularidad. Cada retrato, entonces, funciona como una restitución: no de la historia, sino de la presencia.
El vínculo con los retratados fue central. “Sentía que estaba con mi pueblo”, dijo, y se detuvo en esa expresión, tan usada y a la vez tan vaciada. Corrientes, Salta, la Patagonia, Entre Ríos: geografías diversas que confluyen en una experiencia común, pero irreductible a una categoría.
Paisajes que miran
La serie se completa con fotografías tomadas en las islas, en los propios campos de batalla. Travnik viajó años después del conflicto, en condiciones similares a las que atravesaron los soldados: frío, viento, lluvia. “Vi los escenarios que habían visto sus ojos”, explicó.
Ahí se produce un cruce silencioso pero decisivo: los rostros retratados y los paisajes dialogan sin necesidad de palabras. Como si la mirada de aquellos que estuvieron allí siguiera, de algún modo, habitando esos territorios. Como si el tiempo no terminara de cerrarse.
El resultado es una muestra austera y, por eso mismo, intensa. No hay espectacularidad. Hay algo más difícil: una proximidad que interpela. Una memoria que no se deja clausurar.
Hacia el final, Travnik agradeció la posibilidad de presentar su obra en una universidad “profundamente malvinera” y entregó un ejemplar de su libro para la biblioteca de la institución. El gesto, discreto, pareció extender el sentido de la muestra: no solo mirar, sino también preservar.












